27 sept. 2009

BELLADONNA

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Déjame atrás, corróeme
con el intenso golpetear de tu bonanza.

Comencé a llorar a las ocho sin razón alguna, y ella vino des-pa-ci-to a tratar de consolarme. Me odia, me odio por eso mismo, pero sigo sin comprender. “Ella”, sólo la complejidad de una palabra. Maldita sea ella o yo mismo, que carezco de conocimientos para comprenderla.

No tengo hijos. Eso es cierto. Anoche charlábamos sobre los beneficios de ser padres. Y después me odié más… ¿Y qué?
Quisiera tener hijos. Pero no tengo la fuerza necesaria para enfrentarlos.

Ella. Siempre regreso a ella.

Es como si disfrutara torturarme con su imagen. Y tengo (siempre escribo que tengo: veamos) tengo el hígado destrozado, y principios de enfisema. Un conato de panza, como en alguna canción radial. Tengo un apetito insaciable de palabras, que nunca dejan de ser Ella.
Y ella
nunca vuelve.

Seré sincero conmigo mismo (me dije) y comencé a tatuarme su nombre con sangre en el pecho. Comencé a llorar. Era poco después de las ocho, y comencé a llorar.

Ahora siento que me desvanezco. Tal vez me haga falta una copa. Anoche bebí dos litros de vodka, y aún me siento como si se fermentaran
dentro de mí. Qué raro es
que siga repitiendo palabras. Qué raro es que todavía
no haya mencionado a Belladonna.

Ella me ama. Eso dice.
Eso me dijo la noche que la abandoné en el jardín.
(Cuánto la quise.)

Belladonna.
Se vino conmigo para consolarnos mutuamente. Pero cometió el error de amarme. La muy idiota. Bebió de mí cuanto quiso. No dejó
ni una gota de mi saciedad.

Era bellísima, y yo la odiaba. La odié como a mí mismo, porque la muy puta me amaba.

¿Por qué la gente comete esos errores?
No ames a nadie. Déjate llevar por la marea. Olvídate de las emociones. Vuélvete agua: “seamos de agua”. Eso es lo único que pido. Pero no cometas esos errores. No te enamores, pibe. (Cabe aclarar
que la puta es argentina.)

Anoche lloré
después de las ocho.

Estuve pensando en Ruth, ella no me amaba, pero me engañó. Enseguida supe que no debía creerle. Pero me engañó (caí en la trampa). A ella también la abandoné. Incluso siento
vergüenza ajena. Y siento
la sangre que hierve
cuando repito sus nombres.

“Ellas”. ¿Por qué serán tantas? ¿Por qué son tan imbéciles como para fijarse en mí?
Si soy un bicho y nada valgo.

¡Salud!
Beberé una copa. Y comeré ravioles. Nada más
tengo qué hacer. Voy a comer la pasta que tanto me gusta, como cuando joven. Tal vez la llamaré después de las cinco, y le diré lo maldita que es.
Y comeré ravioles.

Belladonna, por qué es tan macabra tu sinsalud. Si ni siquiera mereces signos de interrogación. Tú no eres ella, tú no me engañas, pero me odias. Ése es tu verdadero atractivo.
No me ames, maldita. Ódiame.

Porque, si me amas, nada valdrás.
Serás pasajera.




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